100 Pasos
Hablo de tenerte firmemente atada con cables, a un árbol seco más viejo que vos.
Te desnudo casi por completo, con inmensa ternura y respeto.
Finalmente, puedo mirarte a los ojos sin que me devuelvas mares de odio.
Quedo fascinado al observarte: recordaba como eras, pero no los pequeños detalles.
El viento helado que agita nuestros cabellos rubios en la oscuridad nos impregna con sal marina.
Nunca te pregunté si te agradaba este aroma. Y si lo hice, ya no lo recuerdo.
Son las 2:34am y estamos a unos 100 pasos de una ruta blanca repleta de lunares de brea.
Pierdo noción del tiempo, mientras te hablo perdidamente al oído. Te cuento cosas mías.
Nada importante, sigo siendo el mismo chico triste sin grandes emociones que conociste años atrás.
Te peino con mis manos y te miro una y otra vez. Extraigo de mi saco negro un brillante y
delicado instrumento quirúrgico con el que me adueño de tu fertilidad al cortar delgadas rebanadas
de tus senos y, casi sin mirarlas, las arrojo al mar embravecido que te reclama.
Hundo mi pulgar izquierdo en tu boca, aquella que dejó de desearme hace tiempo, para abrir tu mandíbula.
Luego, acaricio suavemente tus encias. No se lo que estoy haciendo, pero lo necesito.
Me tomo un respiro y te beso suavemente una y otra vez, bajo un manto de nubes negras y bruma
que nos sumergen en la mas inmensa de las oscuridades.
Algunos fluidos densos gotean ahora de tu abdomen. Me arrodillo y me atrevo a lamerlos. Un sucio sabor metálico
penetra en mi boca. Recorro las heridas con la punta de mi lengua una y otra vez, buscando sanarte.
Siento una profunda envidia de los peces mas pequeños que en pocas horas se introducirán en tu cuerpo,
nadando a ciegas hasta llegar a tu útero virgen, para comerlo sin piedad. Quisiera ser uno de ellos,
frió y anónimo, pequeño como un meñique, viscoso y enérgico como el pene de un perro mediano.
Mientras camino hacia mi auto negro, noto como el viento costero seca mis lágrimas casi tan rápido como
estas surgen. Ojala fuese tan valiente como para llevarse mi nostalgia. Sin pensarlo, abro el baúl y extraigo
algunas pocas pinzas y bisturíes que hundiré, con inmenso placer, hasta tocar los huesos del cuerpo
de alguien
que alguna vez me amó.
Pablo Kersz |