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Fletcher
-Faltan cuatro. -dijo con voz ronca.
Miraba perdidamente el cargador de su vieja Lugger e intentaba recordar que había sido de esas balas faltantes.
El ardor en sus ojos, el mal sabor bajo la lengua, la leve tensión que sentía en los músculos de la espalda y
cuello
y lo resecas que se encontraban hoy sus manos estaban empeorando las cosas.
Atrás brillaba un viejo televisor de varias pulgadas, pesado, enorme, levemente cubierto de polvo. Su pantalla, única fuente de iluminación de la habitación, emitía una película navideña filmada mucho tiempo atrás que
mostraba familias bailando en una noche de amor y nieve feliz.
Pero Fletcher estaba apartado de esas imágenes. Solo quería ver cómo los hipnóticos lazos de humo blanco grisáceo ascendían anárquicamente desde su Camel hacia el techo descascarado de la habitación.
Eran casi las dos de la mañana y la Navidad recién comenzaba.Pocos amigos tiempo atrás, malas mujeres,
una familia que jamás conoció, trabajos imposibles y lo que para Fletcher era la peor época del año:
Navidad. Con su espíritu abundante en la gente, en las calles y en las ofertas.
La ciudad convertida en un mar de seres obvios que se saludan con deseos de buena dicha y felicidad.
Fletcher no podía soportar el clima navideño: la perfecta gran armonía entre el deseo magnificado de la
zanahoria frente al burro, la necesidad social de querer sentirnos buenos al menos una vez y el impulso egoísta
e irreprimible
de comprar con un fin justo y noble. Para muchos, esta fecha daba un cierto sentido a los
esfuerzos estúpidos
realizados durante el año, pero, de una forma u otra una Navidad a solas es difícil hasta
para el más duro.
Fletcher no podía dormir, ni tenía nada que hacer. Solo estaba ahí, en medio del calor y la soledad, con la
mirada
perdida en las paredes, recorriéndolas. Encontrando fascinantes pequeños detalles que la mayoría
hallaría
insignificantes, como las manchas que dejaron durante años las manos que a tientas buscaban la llave
de luz en
la pared o una gran mancha de humedad en el ángulo de la habitación que en cierta forma recordaba
un
hombre pescando en un lago.
Así y todo, Fletcher sólo observaba. No buscaba significados. Sabia que todas esas formas eran ilusiones,
de la misma manera que cuando creía haberle encontrado algún sentido a la vida después entendía que,
una vez más, era sólo un espejismo originado en el querer creer, en el necesitar creer.
Hacía calor. Demasiado. Y las moscas habían encontrado alguien en torno a quien girar esa noche. Fletcher
sacudió su mano cerca de la cara, un movimiento instintivo que no pudo alejar la sensación irritante que
produce
una mosca al posarse en el oído. De vez en cuando la habitación se iluminaba de amarillo o de verde
por alguna bengala. Se paró, se asomó a la ventana y vio dos chicos jugando en la calle, seis pisos abajo.
Bostezó, siguió mirando y después escupió al vacío e intentó seguir la saliva con la vista hasta que la oscuridad
se lo impidió. Bostezó de nuevo. Luego, sin cerrar el vidrio, bajó totalmente la persiana. Siguió fumando.
Camel le iba bien.
Le gustaba fumar en la oscuridad. Se sentía todo un hombre alimentando la brasa del cigarrillo con su propio
humo. Todo en su justa medida. Así lo quiso, y así fue. El sonido del tv puesto en cero. Se sentía solo.
Desde los departamentos vecinos se escuchaban risas. Tomo el teléfono, discó un numero al azar y esperó.
-Sí
¿quién es? ¿Quién es? -dijo la voz de una niña pequeña.
Fletcher colgó. Algunos minutos después llamó a la hora:
-Dos horas, tres minutos, cincuenta segundos. Beep. Dos horas tres
Colgó. Encendió otro cigarrillo.
Ahora sólo le quedaban tres.
Pensó en la mujer de la hora. ¿Cómo sería un día en su vida? Tiempo atrás había visto una foto de ella en
un diario y recordaba perfectamente su cara redondeada y sonriente. Y mientras retenía ese rostro en la mente tuvo lo que él llamaba "un pensamiento negativo". Le ocurría a veces, era inevitable, una especie
de tormenta pasajera interna que le hacía prometerse visitar un médico algún día. Aunque intentó bloquear
su mente, las imágenes se dispararon y se imaginó buscando, conociendo y agradando a la chica de la hora. Invitándola a una lujosa cena y luego, casi al final de la primera cita, mirando fugazmente su falda, preguntaría: ¿Qué hora es? Y en ese momento sentiría una furia incontenible recorriendo cada extremidad, ordenándole apretar fuerte los dientes y puños y poniendo los ojos en blanco, con una fuerza casi sobrehumana querría violarla. Necesitaría violarla
una cuestión de desquite. La sociedad sentiría odio,
asco y pánico por él. Por su obra perversa.
Claro, luego iría a la cárcel y pasaría ahí varios años. Pero de todas formas, Fletcher sabía que el paso
del tiempo era escurridizo e imposible de aprovechar. Solía pensar en el tiempo. Lo tenía y le temía.
Le gustaba entenderlo como una placentera brisa bajo la cual se estaba tan a gusto, que difícilmente se
advertía cómo su implacable abrazo convertía enormes montañas en arena.
Cuando pensaba en el tiempo, imaginaba distintos atardeceres en un mismo acantilado donde padre, hijo y
abuelo arrojaban sus respectivas cenizas al mar. Nada podemos hacer, sucederá de todas formas una y otra
vez, minuto a minuto. Como los timbres múltiples sonando hasta el infinito, superpuestos, y cada tarde,
en Europa, la gente probándose zapatos nuevos, convirtiendo los sueños en números de lotería y pensando los sabores para sus muy próximos helados, y en América, nosotros eligiendo los colores de nuestra próxima pincelada mientras el Rey de Egipto piensa en que ya no le agrada el sabor de su dentífrico ni el injusto fusilamiento de las treinta y siete mil ardillas rojas que había dentro de las Bragas Reales de su esposa, aún virgen de emoción.
Sí, era una triste Navidad para el pobre Fletcher. Nada resultaba eficaz y las cosas empeoraban día a día.
Casi no había dinero y apenas tenía para un puñado de nueces.
El suicidio era malo, Fletcher lo sabía. Y Santa no visita a los chicos malos. Pero él ya no era un chico,
no habría problemas.
Sobre la mesa áspera color marrón habían unas pocas nueces abiertas y sus cáscaras, una Lugger cargada
y un cenicero viejo de madera pintado de negro repleto de ceniza y colillas. A su Lugger le faltaban cuatro
balas, pero sólo una era necesaria.
Recordó el día en que la había encontrado cerca de su casa, entre unas plantas y pensó dónde sería mejor
apuntar. Quería algo rápido. Tenia miedo de sentir más dolor.Tomó una nuez, jugó con ella por un instante.
La miró: su forma era asimétrica, molesta. Era el ícono de las Navidades. La giró hacia un lado y hacia el
otro y luego, de un bocado, la tragó casi sin masticar. Recorrió la fría Lugger con la punta del dedo índice.
Dio una ultima revisión a la habitación, pensó en lo extraño pero excitante que es tener el valor
Y como si el tragar esa nuez hubiera activado un extraño mecanismo, brotó desde el techo un golpeteo similar
al que hace un mueble al impactar la pared. El sonido era intermitente pero mantenía un ritmo sexualmente ascendente. Luego, algunos apagados gemidos. Fletcher se sintió incómodo, pero no le
importó.
¿Qué más quedaba por ver? ¿Qué podría hacerlo sentir bien? Fletcher estaba decidido. Cuando examinó
sus manos y miró la remera blanca que vestía, notó sudor, tacto y olfato trabajando juntos. Nunca lo
había vivido tan cerca, tan en serio. Sería breve, apenas lo escucharía. Sintió latir su cabeza, volvió a
mirar sus manos junto a la Lugger. Todo quedaría allí, incluso él.
Entonces pensó en quién habría sido su madre y por qué lo habría abandonado al nacer. Una pregunta
que jamás se había hecho. Cuando notó que sus esquivos ojos brillantes color gris se habían humedecido
un poco más de lo debido, apoyó la Lugger a la altura del corazón y disparó.Desde la cama vecina donde
en cierto modo se estaba festejando una Navidad, una mujer agitada, debajo de un marido sudado, pensó
en qué clase de idiota tira petardos en su propio departamento y fingió acabar.
Fletcher no fingió. Estaba acabado.
Pablo Kersz
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