Realismo
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Traseros Danzarines

Pensé, que a esta altura de mi vida, estaría viviendo en algún pequeño y xenófobo pueblo del norte de Austria, conectado, vía autopista, con el mundo civilizado.

Pero sigo en esta, mi tan profundamente detestada ciudad. Una explicación simplista llamaría a mi permanencia “comodidad” pero mi razón no es otra que mantener vivo el sueño de un lugar perfecto. Deseo mantener intacta la utopía de un lugar austero y frió, poblado de seres lacónicos y racionales. Pálidos vecinos, genéticamente
perfectos y socialmente admirables.

Hace dos semanas, por algún motivo, desperté sintiéndome inusualmente motivado y vivo. Aunque sin una razón concreta para salir de la cama. Me propuse llevar a lavar mi nuevo vw negro y, como de costumbre, tom é el camino costero. No por la vista marítima sino, por el mejor estado del asfalto.

La primera parada fue en Mcdonald's, donde pedí un Egg McMuffin, el cual recientemente fue renombrado como “Siabatta con Huevo”. Encuentro ese nuevo nombre tan ridículo y detestable que solo puedo ordenarlo señalando
la imagen en un cartel, con mi dedo meñique derecho.

Si bien a esta altura del año, el local suele estar vació, decidí sentarme en una mesa externas,
solo para asegurarme no tener algún gregario subnormal invadiendo mi descomunal proxémica .

No me sorprendí demasiado al desenvolver mi Muffin y notar que algo tal simple estaba mal hecho. Por algún
motivo, ambos panes estaban en sentido opuesto a como deberían ir, es decir, con la parte esponjosa hacia
fuera. Miré detenidamente la escena intentando comprender como puede alguien ser lo suficientemente torpe
para hacer mal un sándwich tan simple. Estando a punto de volver y pedir otro correctamente armado entendí
que era más útil si yo acomodaba los panes. Finalmente, decidí tomar solo el café, dejando sobre la mesa un
muffin bien armado e intacto.

Son, en verdad, estos pequeños detalles los que me deprimen. Vivo rodeado de mediocridad y mal gusto.
Una ciudad de casi un millón de habitantes donde no se encuentra un solo teatro que funcione sin hacer uso de traseros danzarines y chistes verdes, ni museos actualizados, o cines fuera del circuito hollywood,
Nada. None. Zero. Mediocridad absoluta, explicita y progresiva por donde se mire.

Y es por eso que paso enormes cantidades de tiempo en mi departamento, sin salir prácticamente durante el día. Limitándome a observar desde el balcón lo poco que me rodea. Y en la noche, cerca de las tres de la mañana,
cuando casi todos duermen, suelo salir a caminar, con mi cámara de fotos en el bolsillo de jean, esperando
encontrar un accidente, un suicida, un crimen o cierto objeto en la basura. A veces, incluso, las fotografías que
tomo son meramente mentales, los registro in eternum con solo mirar desde el ángulo correcto unos
pocos instantes.

Recuerdo una embarazada llorando, hablando desde un teléfono publico en plena noche, cerca de una plaza y,
el tono de su voz y la postura de sus hombros y la forma en la que el viento sacudía su cabello negro decían mas
de lo que cien llamadas telefónicas podrían. Recuerdo las lenguas danzantes de los perros flotando al aire
mientras copulan silenciosos, recuerdo un chico bellísimo, de unos veinte años o menos quizás, tendido justo al
cordón de la vereda. Las ruedas de su moto giraban aun con fuerza. Mantenía sus ojos grises muy abiertos, sin expresión alguna salvo un leve, casi imperceptible, indicio de miedo. De uno de sus bolsillos sobresalía, abierto,
un paquete de marlboro con un encendedor azul dentro. Casi no parecía estar muerto.

Recuerdo haber tenido, durante ciertas caminatas, deliciosos estados mentales pseudos eufóricos, donde infinidad
de pensamientos confluían superpuestos a mi mente aturdida, acompañados de cierta palpitación errática dentro
de mi cabeza y una suave sensación de hormigueo en la punta de los dedos de las manos. Hace tiempo, años
quizás, que no miro a la gente en forma directa al caminar. Miro el cielo, el piso, los árboles, las patentes de los
autos o las baldosas. Necesito sentir que no estoy realmente ahí, sino flotando cinco metros por sobre sus
cabezas y luego, regreso a casa, listo para dormir unas pocas horas y nuevamente despertar, profundamente sumergido, en la más indescriptible de las angustias. Casi no soy y quisiera ya no ser.


Pablo Kersz

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