The Weirdo
Estacioné mi pequeño Renault Twingo en la esquina de la estación de buses. Sentía enormes deseos de orinar, pero eso podía esperar. Estaba algo inquieto, quizás por tanta cafeína. Vivía tomando café. Si no era en grandes tazas
en mi casa, era un ristreto o dos en algún bar italiano. Necesitaba tomarlo, aunque me generaba una sensación desagradable, algo como estar relleno de agua tibia burbujeante mezclada con ceniza de cigarrillos.
Era una tarde calurosa así que decidí abrir el techo de lona de mi auto. De inmediato noté un denso olor a grasa frita que provenía de una casa de comidas rápidas que emitía la poca luz que había en toda la cuadra. Volví a cerrarlo y encendí el aire acondicionado.
Me sentía particularmente bien. Intentaba rehacer mi vida luego de una larga y laberíntica relación de años. Habiendo superado un doloroso final, volvía a sentirme libre. Aunque sentirse libre o realmente serlo son dos cosas completamente diferentes. Por un lado, estaba listo para tomarme ciertas licencias y conocer gente nueva y por otro, cada noche,
seguía esperando un llamado que nunca llegaba.
Después de casi dos meses de intercambios de emails y algunas extrañas llamadas telefónicas, iba a conocer a una
de mis pocas autoproclamadas admiradoras. Naturalmente, no era a mí quien ella realmente quería conocer, sino a
mi alter ego. Pero honestamente, poco me importaba lo que ella quería. Necesitaba desesperadamente un cuerpo que abrazar y un trasero cálido que embestir.
Y si bien conocía todos los aspectos relevantes de su vida, o por lo menos, los que ella quiso revelar a la distancia, jamás había visto su fotografía. Tampoco tenía noción alguna sobre su aspecto físico salvo por un comentario sobre el tamaño de su calzado, lo cual me había permitido deducir que medía, por lo menos, un metro sesenta y cinco. Aunque ciertamente no era ciencia exacta.
Encendí el stereo y escuche durante algunos minutos un disco de porstishead. Luego intenté probar que
daban en la radio. Una voz falsa y estúpida comentaba que hacia minutos había muerto la oveja Dolly. Supongo que aun quedaba
en pie su gemelo original así que no supe bien que pensar al respecto.
Apagué la radio y bajé del auto. Comencé a caminar lentamente por la estación de buses. Era un espacio verdaderamente desagradable, sucio y de pésimo gusto. Por lo general, me agradaban los lugares así, ya
que me permitían tomar fotografías tanto mentales como reales. Pero no en este lugar. Jamás pude encontrar belleza en su decadencia. Quizás porque me recordaba la ciudad-chiste en la que vivía. Un lugar sin identidad ni personalidad alguna, una ciudad carente meritos o logros, repleta de seres mediocres. Esa estación en particular, era un fiel reflejo de
la ciudad que la albergaba.
Finalmente, llegó su bus, casi puntual. Blanco, de dos pisos y con unos gráficos ridículos a los laterales.
La gente a mí alrededor se puso de pie, amontonándose sobre la puerta de salida de los pasajeros. Intenté mantenerme lejos. Los miré, buscando una vez más comprender que los mantiene tan despiertos y
motivados. Jamás lograba entenderlo. Realmente hubiera dado todo por ser uno más, reír con sus chistes, defender sus creencias y
tender naturalmente al gregarismo. Lo había intentado, pero me era imposible.
Solía sentirme extranjero donde quiera que fuese.
El vidrio frontal del bus estaba sucio, repleto de restos de insectos. Al acercarme, noté en la escobilla del limpia parabrisas los restos de una enorme libélula plateada. Definitivamente mi insecto preferido.
Su perfección era tal que,
no había sufrido grandes cambios en su arquitectura por muchos millones de años. La miré fijamente a unos dos metros y descubrí que no había muerto sino que estaba atrapada. Sentí un incontrolable deseo
de acercarme, tomarla entre
mis dedos y sentirme a gusto con ella, pero decidí no hacerlo. Si la primera impresión que Jessica (así se hacía llamar y francamente no recuerdo su nombre real) tenia de mi, era la de un weirdo recogiendo insectos del parabrisas de un bus, mis chances de llegar a sus bragas esa noche se reducían al mínimo.
Comencé a mirar a todas y cada una de las pasajeras, no eran muchas, quizás unas diez. Seleccione tres chicas en la franja de entre veinte y veinticinco años, todas me parecían medianamente saludables y apetecibles.
Cambié por completo mi postura física, connotado interés y curiosidad leve. Pretendía mostrarme masculino, fresco y seguro. Desde ese momento yo no sería sino un espejo. Jessica recibiría la aventura que pretendía obtener y yo, a cambio, recibía una dosis de carne fresca para alimentar mi ego desvalorizado.
De entre las tres posibles afortunadas, noté que una buscaba con la mirada hacia donde yo estaba. Podría decir que
era la segunda mejor de las tres. Fue una sensación extraña, quiero decir, Jessica me había leído, conocía prácticamente cada detalle de mi vida, mientras que yo, apenas unos pocos y presuntamente falsos datos suyos
aunque, honestamente, no me importaba en lo mas mínimo.
Me envolvió con un gran abrazo. Todo parecía muy natural para ella. En un principio, me incomodó la situación. Intenté mostrarme cómodo pero, verdaderamente quería que todo esto jamás hubiera pasado. Sentí huesos frágiles bajo las yemas de mis dedos cuando recorrían su espalda. Evité pensar en los órganos y el tejido esponjoso que contenía su cuerpo y me concentré en su perfume. Era una hermosa fragancia de invierno,
algo entre canela y sándalo.
Estimo, podría ser un Fendi Teorema , aunque no estaba seguro. Fragancia ciertamente interesante pero, no para un caluroso febrero. Pensé que quizás la había elegido porque el día había sido frío en su ciudad y no tuvo en cuenta el clima
local o bien, quizás usaba esa fragancia todo el tiempo sin importar que, lo cual, me resultaba profundamente irritante. Intenté no pensar en eso, porque iba a odiarla desde el principio. Tenía que aprender a controlar esos pensamientos.
No podía dejar de recordar en esa hermosa libélula plateada y en la angustia que estaría padeciendo al verse atrapada en esa situación. Nos separamos. Algo de su perfume había quedado impregnado en mi ropa.
Tomé su bolso mientras la acompañaba hacia mi auto. Jessica parecía eufórica de haber llegado. Entre otras cosas,
le prometí hacerla conocer infinidad de lugares interesantes de mi ciudad, aunque sabía perfectamente que eso no
iba a ocurrir. En primer lugar, porque aquí no había lugares interesantes y segundo, porque luego de llegar a sus
partes intimas el show abría terminado. Incluso, quizás antes.
La miré mientras subía a mi auto, tenía unas piernas realmente bonitas, un cuerpo decente y buenos senos, aunque no tan buenos. Pero lo que no estaba bien era su cabello: siempre encontré infértiles a las mujeres de pelo corto y este era el peor de los casos. Jessica llevaba su cabello rubio oscuro muy corto. La proyecté en algún punto entre fanática feminista y simpatizante de algún grupo universitario de izquierda. En ambos potenciales casos, mi rechazo seria inconmensurable.
La dejé hablar. Me comentaba sobre lo que había leído en el viaje, no recuerdo exactamente que dijo, salvo que el libro en cuestión era nada menos que “la conjura de los necios” Había una gran historia detrás de ese libro y el suicidio del autor tras múltiples intentos fallidos para publicar.
Tras su muerte, la madre de Toole se acuesta con decenas de editores hasta dar con uno que cumple su promesa y finalmente edita el material de su hijo. Poco después de publicado, Toole gana un Pulitzer póstumo por su libro. Una historia triste para un libro tan divertido.
Nos detuvimos a comer en un restaurant chino que estaba abierto las 24hs. Había un fascinante equilibro con Jessica. Por un lado, me despertaba cierto rechazo. Por otro, me mantenía atrapado bajo cierta sensualidad en sus gestos y forma de hablar. Quiero decir, la enorme mayoría de las personas hubiera calificado a Jessica de muy bonita, y ciertamente lo era, pero no ante mis ojos. Y no es que yo tuviera mucho por ofrecer, quiero decir, podría decir que no soy un ideal de belleza con mi nariz aguileña , los dientes chuecos y mi cara angulosa, pero sabia llevarlo, siempre me las ingeniaba para conseguir mujeres bonitas.
Como dicen a veces, un gran número de defectos hace una personalidad.
Que hay de cierto en tus relatos? Todo es autobiográfico? — Preguntó Jessica.
Preferiría que hoy hablemos sobre las libélulas — Respondí.
Que te puede parecer interesante en una libélula? — Preguntó Jessica.
Bueno, ante todo, no decía de hablar de una, aunque podríamos, sino de todas. Creo que tienen un nombre hermoso.
Y gran parte de su belleza radica en él.
Son lindas, si. — Dijo ella.
Si pero, no hablo sobre que sean bonitas, me refiero a lo que representan. Para mi no pertenecen o no deberían pertenecer a este mundo. Son criaturas sacadas de los sueños. Su forma, su color, su fragilidad…
De verdad soñás con libélulas? — Preguntó Jessica.
No necesariamente, pero entendés a lo que me refiero. Considéralas como un icono en si mismas.
Apunto a lo que representan. Son puramente mágicas... —Dije.
Son bichos que comen bichos, o la mierda que sea que coman. Es todo. Quizás te gusta su forma pero de
ahí a decir que son mágicas...En fin, por que no querés hablar sobre tus relatos?
No dije que no, solo pensé que seria más interesante hablar sobre…
Sos tan bueno en la cama como decís que sos en tus textos? — Interrumpió Jessica.
Nunca dije que fuera bueno, hasta donde recuerdo. Pero hay una sola forma de comprobarlo.
Okay pero haces alarde de haber estado con muchas mujeres... —Dijo Jessica.
Cualquier subnormal medianamente instruido puede estar con muchas mujeres, no es un gran merito.
Estamos en el 2003, no en 1930. El merito es querer estar con ellas...
Jessica se rió. Estuviste con muchas chicas? —Preguntó.
Siempre me gustaron los eufemismos — Dije. Y "estuviste “es uno de los mejores.
Okay, se la metiste a muchas mujeres? — Preguntó Jessica riendo.
Eso si fue directo. — Dije. Por cierto, sabias que pronto se cumplen 150 años del nacimiento de
Vincent van Gogh?
Si, algo había leído. Que mierda tiene que ver? Te gustan sus cuadros o algo así?
No realmente, pero creo en el. — Dije. Aunque realmente si me gustaban.
En que sentido?
Insisto, hablemos de las libélulas o del clima, o de vos. En ese orden.
No quiero! — Dijo Jessica. Hablemos sobre...
Tengo que ir al toilette — Interrumpí.
El baño era un lugar pequeño, mal iluminado y levemente mal oliente.
Comencé a orinar, sin levantar la tapa del inodoro. Las pocas veces que la levantaba en un lugar publico lo hacia usando la punta de mis zapato. Me daba un asco infinito incluso tocar la puerta, por lo que tuve que abrirla usando la manga. El lugar me daba tanto asco que decidí orinarlo deliberadamente, tanto en la pared,
el cesto de basura y la tabla. Me importaba realmente poco quien viniera después. Hubiera orinado el rollo
de papel higiénico pero no había ninguno así que simplemente volví a abrir la puerta usando mi manga, y
volví a la mesa.
Que tal la comida? Se ve interesante tu plato. — Pregunté.
Si, me encanta. El lugar se ve un tanto apagado, pero cocinan bien... — Dijo Jessica.
Bueno, verdaderamente la comida china no tiene mucha ciencia, es bastante simple...
Vamos a tomar unas copas por ahí antes de ir a tu casa? — Preguntó Jessica.
Sin dudas, me encantaría. — Dije. Se de un lugar que podría gustarte mucho.
Aunque verdaderamente todo lo que quería era un poco de cafeína, un chocolate amargo y quizás un poco
de soledad.
Cuando finalmente llegamos a mi departamento, justo antes de ingresar con el auto en el garaje subterráneo, sentí su mano en mi pierna, recuerdo que me dijo algo sobre tomar una ducha caliente antes de dormir. Pensé en eso. No eran todas las duchas calientes acaso? Que clase de chiflado tome duchas frías? Mientras bajaba su bolso del baúl del auto, volví a mirar su cabello y supe que no tendría contacto alguno con ella. Quiero decir, no descartaba la posibilidad pero verdaderamente no iba a generar situación alguna. La imagine con un vestido blanco y una larga cabellera rubia, sentada sobre el césped recién cortado de un campo de golf en desuso. Podría llegar a considerarlo en un caso así.
Por algún motivo, el cabello de una mujer se había transformado en un filtro para mi. Tanto en sus formas, gracia y color.
Me gustó que le agrade tanto mi departamento. No era todo lo grande que yo quería, pero la decoración estaba milimétricamente cuidada, tanto en sus líneas como la proporción de sus colores. Le di mi bata de baño negra, preparé
la ducha y la invité a pasar cuando quisiera. Mientras ella se desvestía, fui a regular la temperatura de la habitación. Minutos después, no puse resistir la curiosidad de entrar al baño mientras se duchaba. Al entrar, noté una pila de ropa sobre el bidet. Entre sus prendas estaban sus panties negras. Bajé la tapa del inodoro y me senté en el con una Colors Magazine de Benneton, dedicada a exponer diferentes puntos de vista sobre que era el paraíso. Todo fue muy natural. Comencé a leerle unos párrafos. Mientras lo hacia, admiraba su figura atreves de la empañada mampara de vidrio.
Tenía hermosas curvas. Se asomó y con un poco de shampoo en la cabeza y me pidió una toalla.
Sin mirar en forma directa, pude notar que estaba completamente depilada. Un punto a su favor.
En cierto modo, su actitud tan liberal me generaba rechazo. No se suponía que una mujer actuaría así con un pseudo desconocido. Sentí grandes deseos de haber estado lo suficientemente chiflado como para reducir su cuerpo a cinco o seis piezas que pudieran entrar cómodamente en cajas de zapatos. Imaginé un bisturí helado dando pinceladas suaves sobre sus muslos blancos casi en cámara lenta.
Comencé a leerle algunos párrafos de la revista. No se si le interesaba. A mi tampoco me importaba pero era parte del juego: ”El Paraíso es vivir bajo el agua sin tanque de oxigeno”, “Paraíso es tener una maquina de café express Italiana en la mesita de luz”, “Es un ticket aéreo solo ida a New York” , “Es conducir una Vespa '58
en un día de sol” ,
“Es el olor de las sabanas donde durmió mi novia”. Me detuve a observar una imagen de un hombre vestido con
traje en el fondo del mar. Era una imagen bellísima y llena de gracia.
En que pensás? — Preguntó ella.
En vos. Pensaba en que sos más bonita de lo que imaginaba. — Aunque en verdad pensaba en que estaría haciendo mi ex novia. No podía quitarme esa mujer de mi mente. Quería creer que no la extrañaba pero cada día, cada noche, cada tarde esperaba un llamado que jamás llegaría.
Como me imaginabas? — Preguntó Jessica mientras usaba mi toalla roja para secar su pelo infértil.
Bueno, no sé, quizás pensaba que eras como la mayoría de las mujeres que escriben,
quiero decir, cuerpos descuidados, poco color en la cara, olor a tabaco, ya sabés...
Si, te entiendo. Pasa lo mismo con muchos tipos que escriben. Se creen un papel, se hacen los underground
y la juegan de zurdos, toda esa basura. – Dijo Jessica.
Detesto esa gente. Incluso más de lo que ya detesto al resto. —Comenté .
Ella se rió. Se acerco a mi. Olía a shampoo y jabón. Me dio un beso suave. Sentí sus labios húmedos resbalando sobre los míos. Fue agradable. Salimos del baño.
Vos, como me imaginabas? —Pregunté .
No dejas mucho librado a la imaginación en tus textos. Una tiene una imagen clara de cómo es la garganta
del lobo. De todos modos, hubiera jurado que encontraría un bipolar solitario, egocéntrico en extremo, un tipo sin sentimientos. Pero me encuentro un chico bien, levemente chiflado, que pretende actuar como si le gustara estar vivo. Me da la impresión que no te gusto mucho. Es así?
Sos atractiva. —Dije. Aunque de todos modos, lo mío no entra tanto por lo visual sino por el como
me siento. — Respondí.
Si pero, lo físico es importante. Si en las fotos que vi de su website no me parecieras atractivo, no vendría aquí a pasar unas noches con vos, esa es la verdad. Quiero decir, pase o no algo entre nosotros. Pero las fotos fueron el primer filtro. —Dijo Jessica.
Te entiendo. Mirá, si te faltaran las piernas o un oso polar te hubiera comido la mitad de la cara no me
atrevería siquiera a imaginarte en mi cama, pero dentro de parámetros normales, valoro más los extras.
Se entiende el punto?
Dentro de esos parámetros normales, me imaginas en tu cama? Por que no en otro escenario?
No se, supongo es un preset pensar en una cama. Alguna idea interesante?
Terraza? —Sugirió Jessica.
Por que no en el auto, dentro de la cochera? —Pregunté
Que tal en ambos? —Dijo riendo Jessica. Tenés vino? Entremos en clima lentamente. — Dijo ella.
Vamos a la cocina. Tengo vodka en el congelador y varias botellas de Baileys en la heladera.
Dejemos la luz apagada. — Dijo ella.
Dejemos entornada la heladera — Dije yo. La cocina se ilumino con una luz que no da brillos ni tonalidades.
Tan solo permite distinguir algunas formas y los tonos básicos.
Estaba en un punto irreversible. Iba a tener que acostarme con ella y verdaderamente no lo deseaba.
No había tenido sexo en varios meses, no porque no tuviera candidatas disponibles sino porque después
de terminar con mi ex,
me sentía absolutamente asexuado y ajeno. Saqué una botella de Grey Goose del congelador. Tomé dos vasos chicos
y comencé a servirlo. Jessica me tomo por la espalda, apoyando ambas manos en mi cadera. Luego introdujo ambas manos en los bolsillos frontales de mi jean. Seguí sirviendo. Pensé en lo genial que seria poder volverme hacia ella con la cara completamente quemada y llena de horribles cicatrices. Me hubiera gustado ver su expresión. Nos besamos. Sentí casi de inmediato su lengua. Me separe unos centímetros. Sin mirarla le dije que no usara la lengua tan pronto
de ese modo.
Me resultaba de increíble mal gusto que no supiera esperar el momento adecuado para ello.
Escuché encender el motor de la heladera. Rocé su cara suavemente con la punta de mis dedos, luego, pase a los senos. Primero rodeándolos lentamente, realizando un pseudo espiral. Llevé mis manos a su espalda, por dentro de
su ropa. Evite pensar en huesos y órganos pero me fue imposible.
De verdad te parezco atractiva? — Preguntó Jessica.
Me pareces muy bonita. — Susurré .
A ver que tan cierto es? — Dijo Jessica tomándome con su mano derecha de los genitales.
Para ese punto, tenía una erección moderada. Cuando entendí que Jessica iba a chupármela ahí mismo,
después
de tantos meses sin tener sexo, sentí como mi espalda se descontracturaba . Estaba comenzando
a sentirme alpha nuevamente. Volvía a mi verdadero yo.
Noté que intentaba abrir mi jean como si tuviera un cierre pero no lo tenía. Lo mio era jeans con botones.
Comenzó a hacer fuerza pero eso no iba a funcionar. Así que yo mismo abrí los botones casi de un golpe.
Estiré mi mano izquierda y tomé la botella de vodka. Le di un trago largo.
No era mi estilo pero lo necesitaba.
Lo siguiente que recuerdo es el contacto de sus labios tibios con la punta de mi pene. Sentí su respiración agitada. Acaricié su cabello infértil suavemente y realicé una leve e imperceptible presión
con ambos dedos índice y medio, buscando no controlar sino, marcar el ritmo.
Cerré los ojos e imaginé que Jessica en realidad era la chica que me vendía café molido cada domingo en la tarde. Una rubia de ojos verdes, de unos veinte años. Siempre masticaba un chicle con la boca abierta. Parecía levemente sucia y dejada. Su cabello era abundante, largo y algo sucio, casi sin brillo. Mientras Jessica me lo hacia, fantaseaba que hundía mis dedos en aquella cabellera dorada. Lo mas sexy de la vendedora de café era que fuera tan desprolija. Me hubiera encantado tener un affair con
ella y dejarle
un varón pálido de genes sanos que criar. Podía verla sobre el mostrador de madera, con los pantalones azules de trabajo bajos hasta las rodillas, las piernas temblorosas, el pelo rubio revuelto y el
semen goteando sobre sus bragas blancas levemente amarillentas de roce. Jessica estaba haciéndolo bien, aunque después de varios meses sin sexo
casi cualquier mujer parece hacerlo bien. Comencé a especular si me permitiría terminar en su boca o, incluso mejor, si tragaría el semen. Mi ex, normalmente, no quería que terminara en su boca, salvo cuando estaba levemente borracha.
Lo poco que conocía de Jessica me hacia pensar que iba a tragarse hasta la ultima gota, pero justo cuando
imaginaba que me lo hacia mi ex, Jessica se detuvo. Se incorporó , con la mandíbula levemente entreabierta.
La tomé de la cintura y la giré hacia la mesada, poniéndola de espaldas a mí. Le quité las bragas lentamente, dejándolas caer sobre sus pies. La toqué y descubrí que estaba notoriamente húmeda así que, luego de un breve jugueteó con la punta del pene sobre la entrada de su vagina, la penetre profundamente. Jessica dio un chillido seco.
La tomé de los senos mientras la embestía una y otra vez. Tomé otro trago de vodka, directo de la botella.
Quería acabar en lo más profundo de su vulva para luego verla correr al bañó mientras el semen se desbordaba y caía por sus piernas. El aire olía a sexo. La tomé con mi mano derecha del hombro y comencé
a hacerlo más y mas fuerte.
En este punto, sabia que estaba siendo poco delicado para con ella. Sentí claramente como la punta de mi pene tocaba lo que supongo es el fin de la vagina y el comienzo de algo. Jessica comenzó a gritar. Tenia el completo control de la situación, la embestía salvajemente y en verdad deseaba ver algo de sangre al sacar mi pene.
No tenia idea si ella tomaba anticonceptivos, pero no me importaba. Estaba seguro que tarde o temprano
iba a ser rico. Podía mantener tantos hijos ilegítimos como quisiera o bien, dejarlos morir de hambre si no lo lograba.
De una forma u otra acabé en lo más profundo de ella, llenándola completamente. Sentí sus
músculos vaginales contraerse una y otra vez.
Me tiemblan las piernas. —Dijo Agitada. Mirá, estoy chorreando semen,
queres tocar? —Dijo riendo.
Tengo que ir al baño, me das un beso antes?
Uno busca algo que decir luego de un momento así, pero no tenia ganas de decir nada. Así que la besé fríamente y
me quedé simplemente ahí parado. Escuché como usaba el bidet. Estuvo ahí dentro un rato largo, lavándose la vulva supongo.
Me miré . Estaba levemente alcoholizado, con las piernas peludas y el pene volviendo a su estado natural. Saqué de la heladera un Tropicana naranja. Tenia 27 años, ganaba varios miles de dólares al mes con internet, jugaba a ser escritor y tenia claro que quería en mi vida. En ese mismo instante supe cuanto deseaba que Jessica se fuera. No era ella con quien quería estar sino con mi ex. No sabía que era lo que me atraía de aquella rubia ingenua nacida en el interior del país. Quizás sus genes germánicos, quizás su inocencia o el simple hecho de que fuera mi primer amor.
Comencé a pensar que estaría haciendo y sentí deseos de llamarla por teléfono, pero eran pasadas las
cuatro de la mañana. No había mucho que pudiera hacer, Jessica no se iba a ir y mi ex no tenía la más remota intención de volver conmigo. Llené medio vaso con Tropicana y completé la otra mitad con lo que quedaba de Grey Goose. Sentía una profunda angustia desde hacia meses. Estuve a punto de preparar otro para ella pero me importo poco.
Fui hacia el living-room y me senté en mi sillón blanco, sintiéndome a cientos de miles de kilómetros del ser humano más cercano. Contemplé la noche pasando incoherente por la ventana y me vi parcialmente reflejado en el vidrio. En ese instante supe claramente que seguiría atrapado, al igual que aquella libélula plateada, bajo una profunda angustia por un largo período de tiempo.
Pablo Kersz
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